VEINTE POEMAS ANDALUCES

Ediciones Cla, Bilbao, 1981. [ISBN 84-228-0176-0]

TORÉS, Alberto (2005): “Veinte poemas andaluces” en “Estudio preliminar” de Tránsito, Jaén: Instituto de Estudios Giennenses, pp. XIV-XV.


La mirada y el pensamiento, un sustantivo poderoso y un adjetivo agreste son los ingrediente fundamentales para el rito iniciático de Morales Lomas. Su primer poemario, ya desde el mismo título, lanza un guiño de ojo a la narrativa y poesía hispanoamericanas. Se respira Neruda a lo largo de los poemas, pero es que además el libro abre sus ventanas con cita de César Vallejo para cerrarse con Miguel Hernández. Con ello no sería comprometido rastrear las huellas de poetas del Siglo de Oro, del Romancero, de Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez y en general de aquella poesía atenta al gusto por las formas de la naturaleza. En este sentido, se acusa el predominio del color verde. Un color en una amplia graduación que llega a términos absolutos, incluso de categorización: “Todo es verde, verde negrograma”. La blancura también aparece ligada a los campos, a los espacios libres; el rojo a los papeles, a la pintura, a lo pasional encerrado en el arte; el negro aparece en contextos de tristeza, tragedia, muerte. Un crítico riguroso como Enrique Villagrasa asocia la sensación lectora con el eco plural de las palabras que Julio Cortázar dejó escritas en Rayuela [1]. Se plantea un afán nada imitativo sino que se asienta en lo real e inmediato, en la cercanía de la tierra. Con belleza y fuerza ratifica el poeta nuestras primeras consideraciones : “ Mi pensamiento cubre la mirada de sus rostros,/verde maíz, verde membrillo, verde uva,/traspasa la barrera de la tierra, esa putrefacta figura”. La tierra pues, es el tema central, aunque enlanza tangencialmente con otras realidades: “Encrucijada del cuerpo y la tierra/soltándole inhóspita a las llagas” puede leerse en el tercer poema del libro. Pero no siempre es la tierra bajo un peculiar tratamiento metafórico, sino que directamente es la historia directa del hombre : “Emigración no es paso anual de animales de un sitio a otro…”. Por este motivo, la recurrencia más eficaz para expresar y argumentar las sensaciones que mueven al poeta es la sucesión y acumulación verbal con un manejo significativo de la sinestesia, habida cuenta de que estamos hablando del primer libro de poemas de un autor con poco más de veinte años. Los ejemplos son variados pero rescato la extraordinaria carga simbólica del verso que transcribo: “La voz del nacimiento, del agua verde/atraviesa mi encéfalo”

Aquí figuran poemas largos de un versolibrismo sugerente que ahonda en un proceso metafórico e imaginístico de personificación (nadie es culpable de que el libro/sea la cultura que esculpe algunos rostros), de animalización (buscamos las ovejas tiernas, cariñosas,/como quien alcanza su cenit tardo/de las tardías otoñales), de vegetalización (no somos emigrantes, sí claveles tronchados). Por otro lado insistimos y destacamos la variada policromía del poemario que viene a reforzar esa idea en virtud de la cual, la poesía es una estrategia de nuestra propia realización, es decir, como una interpretación para reducir el desgaste de nuestra vida cotidiana, como una fórmula para dotar de sensaciones a nuestro entorno.

ANTOLOGÍA

  • IV
  • VII
  • XIV
  • XX

Ungido llevo tu cuerpo a mis labios

Y toda la savia que en él anida

Castillo tomado en mis ojos se agota.

Se agota tu voz en los recodos

De mi espalda y en tu erizado seno

Breve luz que el viento eleva.

Tardo paso de unos dedos

Por los callejones que el viento

Anega y el tiempo aniquila.

A veces es primavera en tu ciudad

Y desde el mar ocre de los ojos

Se divisan golondrinas marchitas

Que cada noche anidan distancia y silencio.

Es primavera tu cuerpo en la cochura

De mis dedos, en el aliento bífido

De esta lengua espigada

Que atrapa el sigilo de las farolas,

En la cintura que nace plomiza

Desde el asfalto, en los recónditos

Viveros que pululan tu cuerpo.

Y es primavera allí,

En el centro de tu cuerpo,

Donde la vida ha escrito un glosario

De gorjeos y penas,

Cerca de la nada que atrapa

La lluvia del hombre,

Donde tú eres germen,

Es decir, piélago profundo.

Por eso, ya no importa tu pelo

Ni los vendavales que manchan

Las avenidas ni las caricias

Tiernas de esta torre acerada.

Ungido llevo tu cuerpo a mis labios

Y toda la savia que en él anida.

Nos arranca el sueño, no el canto

del tren o la tierra herida, el trigo limpio

de la sangre helada, narcotizada de dedos,

cortos, recortados como las mismas venas de la hoz.

No pensemos, nosotros emigrantes,

nosotros andaluces,

no superamos una rabia encendida al granito,

al yunque de la hoguera ojeada...

Sólo el tiempo como minuto de lucha desesperada

arranca al ojo lo que es de la voz,

a la luz lo que es de Lucifer.

Envuelto como una bruma persecutoria

esa pradera verde crujiente, bolo de luz,

en la incandescencia superflua de rostros.

¡Por favor, siempre rostros, rostros...!

Pero rostros resquebrajados, segados,

encendidos al día y la noche,

luciérnagas constantemente candil.

¿Los sonidos?

Sólo sonidos para la metáfora, imagen

preciosista, pero no grites con imágenes,

puros, pureza de incautos asustados.

No, no... El tren no debe pisar una sola vena helada,

se calentará teñida de vinagre,

verde, de tierra herida.

Esperar espacios abiertos no significa sucumbir,

sólo una palabra eterna para el hacha,

que sólo corta, y eso es solución...

Hacha no corta de raíz putrefacta,

los ojos hierven de sudor...

Abrazo en vendaval a la montaña inhóspita

Que creció indeleble bajo estos pies pulcros,

Soñolientos, esforzados, montañas de artículos,

Cutículas incluso en los ojos o en el pecho.

La aventura de la montaña entreabierta

Al postigo de nuestra habitación, oculta,

Mensajera: allá fueron los granizos de la piel,

La pelambrera estancia remozada en vino.

Maldito cartón que nos cubría la esclerótica,

Verde zanja de cipresales huérfanos ya

Somos, existencia de postigos descuartizados.

Mirad, mirad, ¿veis entonces una súbita

Hondonada aquí, en el cráter de mi pecho,

En la estulta sombra de mi cara, en mi sexo?

Una teja tras otra rompiéndonos un cerebro

De viña, de aguardiente para los jugos.

El monte sí, allá, sopla a las nubes

Sus añejos sitios, los arrambla, los hace sutileza,

En un sigiloso encuentro amoroso.

Nosotros entrañas, harina, miel, pisamos

El monte de la tarde, de St. Julien o St. Maximine...

No importa la existencia,

La comida, la bebida, la casa...

¡Para qué los plagios de ventanas verdes,

los acordeones al exterior!

Solo contra la boca abierta tenemos sueño,

Suculento, postura introvertida en los senos.

Ese espacio devuelve al pájaro a su hábitat

instaurando un arco iris de rojo vivaz,

fuerte remembranza hacia el futuro.

El esqueleto de esa tarde puede esculpir

la carta escrita años ha con el devenir de los pasos.

Cansadas nubes esperando un maná hambriento.

Pechos desalojados de horas:

Son como un recuerdo perdido, un copretérito

de nubes verdes, fláccidas y soñolientas.

El parto del campesino es una rúbrica

de luces, un panteón enamorado en los días

de tierna lluvia, llameante corazón plateado.

Un retorno de caminos, un paso transido

pretérito, suave, cabizbajo...

La pasión de la tierra

como sombra de estrellas.

Y siempre dormimos de Béziers a Huelva.