LA LARGA MARCHA

Editorial Arguval, Málaga, 2004.

Moreno Ayora, A. (2005): “Relato de aventuras” en Cuadernos del Sur de Diario Córdoba, 27 de enero de 2005, p. 9.

“Francisco Morales Lomas, escritor que aúna en su personalidad los géneros de la poesía, del ensayo (que concentra en el ámbito literario andaluz) y de la narrativa (que inició con el título El sudario de las estrellas), acaba de publicar ahora su segunda novela, La larga marcha, que en realidad es una novela corta constituida por veintidós capítulos breves, puede ser calificada como un relato de aventuras en las que participa el propio narrador (en edad aún adolescente) y su íntimo amigo Perito el Tiñoso. Está circunstancia argumental divide las anécdotas en dos grupos: las que afectan a la biografía del narrador, Carlos, y las que vive El Tiñoso por su pertenencia a una familia desestructurada y zarandeada por las tragedias. En el argumento de La larga marcha llama particularmente la atención el número y variedad de anécdotas narradas. La mezcla de acontecimientos y de escenas de tan variada procedencia justifica la heterogeneidad del lenguaje, normalmente directo, apicarado y humorístico, con abundantes frases hechas y juegos de palabras, pero en otras ocasiones moteado de referencias cultas o literarias. Un conjunto que nos aproxima a los años sesenta en Jaén, Granada y Dúrcal.

FRAGMENTO

Yo soy conde, bastardo y algo pendenciero. Lo de conde y bastardo lo decía mi tía Teresa, que en paz descanse; lo de pendenciero lo digo yo, aunque todos me tomaran a veces por el pito de un sereno y así hacían rimar lo de pendenciero y sereno. A veces visitábamos a la tía cuando con motivo de algún viaje, la enfermedad del abuelo lechuza o el nacimiento o muerte de algún familiar, teníamos que bajar a Jaén. A Jaén siempre se bajaba y a Campillo o a Granada se subía. Nunca he sabido muy bien por qué se decía así, pero todos seguían la costumbre ancestral, igual que el ciclo de los nacimientos y los óbitos sin que nadie se preguntara nunca la causa: probablemente sería la fuerza de la rutina y cambiarla significaría enfilar un camino demasiado peligroso hacia la filosofía, probablemente un camino sin retorno. Después de llegar a la altura de la catedral de torres afiladas y altos vuelos rayanos en el cielo, ascendíamos aún más, como si nuestro destino fuera la gloria, por unas callejuelas sinuosas y empedradas, y mi tía nos recibía con la mejor de las sonrisas y un ojo nublado. Aquel ojo anubarrado era enigmático y, a pesar de la ubicua alegría de su hermoso rostro, aunque arrugado, le daba un aire triste. Es como si a un rey inteligente y hermoso le sale de improviso un príncipe tonto, pues igual, se le agua la fiesta. Así lo creía yo de mi tía Teresa que por culpa del ojo velado tenía aguada toda la cara. Pero era muy simpática y siempre que llegábamos nos ofrecía sus mejores manjares que para desgracia nuestra eran los únicos que tenía más a mano: patatas y huevos; de vez en cuando algún alerón de pollo, pero a mí no me gustaban porque me imaginaba al pobre animal llorando en una esquina del corral cojo de un ala, o como quiera que se diga. Mi padre, que siempre ha tenido buen saque, se comía todo lo que le pusieran e incluso lo bañaba con un vino peleón del lugar que siempre tenía a mano la tía. Le importaba un bledo lo de la cojera volátil de la pobre ave. Daba la impresión de que en aquella casa no se comía otra cosa que no fueran patatas y huevos y algún alerón saltimbanqui de pollo y siempre se repetía la misma escenografía culinaria como si se tratara de una liturgia, una ceremonia o un ritual. Incluso los besos se daban también ceremoniosamente. Yo creo que todo ello se lo debíamos a nuestros ancestros que entendían mucho de solemnidades.

El sabor agradable de la comida frita con un jugoso aceite del pueblo quedó siempre impregnado en la memoria del paladar. Sí, porque el paladar tiene memoria y también el oído y el tacto, y si no fuera así, qué sería de nosotros. Había asociado tanto el viaje a las patatas fritas y los huevos que si alguna vez se le hubiera ocurrido preparar otra comida o algún mejunje distinto yo le habría puesto mala cara, porque todo formaba parte del atrezzo de una representación que yo estaba realizando: los olores y sabores del viaje, la subida a la catedral que ante nuestros ojos se alzaba imponente como una novia y el no tener que ir a la escuela. A veces estaba en casa de la tía el abuelo centenario y bajaba del cuarto donde dormía, siempre le gustaron las alturas porque decía que tiempo había de vivir en las bajuras, con los pelos tiesos y plateados como si estuviera a resultas de una pelea con el más allá. Mi abuelo me recordaba mucho la pintura de Unamuno con ojos de búho. Mientras la tía pelaba las patatas, comenzaba a hablar y su garganta gorgoteaba como un jilguero al olor de la patata. Suerte que yo a veces le preguntaba por nuestros antepasados y le hacía cambiar de tercio…