TENTACIÓN DEL AIRE

Diputación Provincial, Colección Puerta del Mar, Málaga, 1999. (Finalista del Premio de la Crítica) [ISBN 84-7785-338-X]

Quiroga Clérigo, Manuel: “Las sonoras palabras (Tentación del aire de Morales Lomas)”, en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba, 20 enero 2000, p. 10.    

Ahora que tan dados somos a aplaudir a los poetas oficiales o a los que son “galardonados” en concursos torpemente amañados, es bueno recordar que existen creadores libres, honestos e imaginativos. En esta nómina se encuentra, por ejemplo, Francisco Morales Lomas, licenciado en Derecho y Filología Hispánica, y autor de una docena de libros donde predominan los de versos. En Tentación del aire aparecen poemas magníficos, auspiciados por el sentimiento y los afectos más cercanos, mundo donde surge una historia de viento y de sorpresas, esas leyendas ávidas de alguna vivencia.

El autor, que también es narrador, ha dado recientemente a la imprenta un precioso libro que contiene interesantes páginas donde se dan cita el ensayo, la crítica literaria y el relator fugaz. Este libro se titula El sudario de las estrellas, y ha sido editado por Corona del Sur (Málaga, 1999). Todo ello nos sitúa ante un escritor constante, preocupado por la literatura en sus más variadas vertientes y hombre sumamente disciplinado ante la labor creativa. Se dice que prepara actualmente una tesis doctoral sobre la lírica de Ramón del Valle-Inclán.

    En sus versos late como un especial rigor ese aire de insinuada ternura que hace posible mantener los espacios del sueño. El poema que da título a este libro, Tentación del aire, está dedicado a José García Pérez, director de la colección que publica.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

  • Tentación de tierra
  • Tentación del aire
  • Tentación del agua
  • Tentación del fuego
  • Más tarde que el primer amor, se olvida 
  • ¡Escurríos,  gotas! ¡Dejad azules mis venas 
  • En vano hojeo mi vida:  

bruma que anega mis pestañas

y reclama la claridad

de los serrallos de la memoria.

Olorosa tierra que sacude

las flores otoñales de la constancia,

imágenes que se difuminan

en los pedregales sin cauce.

No abandonéis la belleza

del heno y el roble,

los senderos que eran como huertos

de manzanos o coronas de vid.

Colinas que son muslos

que se solazan en la sabiduría

del tomillo y jóvenes tenebrosas.

Dichosas selvas pobladas

de lunas y culebras,

ventas que corrían entre el río

de los coros otoñales.

Sometido a la luz de las estaciones

corre el marfil por mis venas

como la escarcha.

Pero la tierra vuelve

una y otra vez desde la lejanía,

como una brasa avivada

por el céfiro y la furiosa hoguera.

Hace tiempo que sueño

estos remansos de catedrales

y pinos, los huertos que baña

el sol y son corolas de violines,

espesas rosas que aletean

entre el rocío.

Tengo el corazón abierto

como las alas de un ave,

mientras la música colma

como un jardín este barbecho

que mira extasiado la vida.

la dicha de ser finitos cuando la vida

crepita y prende su hoguera

en los arreboles del crepúsculo.

Siento que hoy es un bardal luminoso

que aspira a ser cielo y corriente

levantada, ardida, constante.

Velan mis armas las flores

del sendero que tanto te gustaba

caminar y el arrullo de las esquirlas

es como la sinfonía de mi pobreza.

Hoy la paz tiene arrullos

de bosque y donceles que pierden

sus gritos en las acequias de los montes olvidados.

Siento que la vida penetra

como una daga en este cuerpo

enlucido por romanzas y armiño.

Mi despertar es rojo y desmesurado,

la rabia del viento que se crece

como el beso de una ilusión,

un surtidor de lumbres

que pueblan el mito del hastío,

la razón de haber sido.

Me siento cegado por renacer de aves

y montañas que rompen el cristal

del tedio en este paisaje que asciende.

No sé descifrar el limón del olvido

ni conozco las razones del buitre

ni esa oscuridad que, a veces,

surca esta tarde como la vida misma.

Cerca de lentiscos y primaveras

alzo el ansioso corazón con las aulagas

y cada vez soy más ave febril

que aletea por los montes,

una esperanza que va

tomando cuerpo y fuego.

Queredme como soy,

desarmado y finito,

con el secreto vientre poblado

de agosto y esbeltos ramajes,

una hoguera que es

como la tentación del aire.

del rumor de una fuente

que es como una larga espera.

Agua clara con sonido

que tan dulcemente alborota

los preludios del sueño.

Por montes y valles

la memoria se hace río

de una infancia poblada

de verduras y lágrimas que corren.

Un sendero de agua

que tiembla a cada instante,

como las hojas en el invierno.

Aquí estoy de pie y bronce

en las corrientes que se desploman

sobre mi constancia,

aquí preso de los sonidos

del viento y las esquirlas,

como un enamorado

del rumor de los dioses.

Retumban y gimen las aguas

cristalinas y en un cedazo

son estrellas, gozos del universo.

Entre las hojas escondido

observo la cava de tu cuerpo

en este río que calla y no refrena,

testigo de la dicha,

o mensajero del dolor del mundo.

Prisionero de tu llanto

entono la libertad de tu río,

los límites de tu alberca,

que son las orillas de ti.

Dulce agua que siente,

espesa breña cristalina,

envidia del viento,

hoy tomo la arena que me quema,

la carne de tu sol que danza

y de nuevo la alegría

es un puente y un niño.

dulce tiranía que despide estrellas.

Desvanecido en la llama

que me consume en la pira

de otro cuerpo, gozo

en la altiva noche de claridades

y resplandores.

Acaso sean espejismos

de una carne de antaño

que aún abrasa la memoria.

En la noche turbia

los jardines de venas y sombras

dejan huellas fugitivas

que son la púrpura que aún acecha,

el olor a besos que hieren,

guedejas que me atan

con la solemnidad de las tormentas.

Mi cintura es verano caliente,

una florida primavera que bulle,

un niño que amó a Greta Garbo

en el silencio de la alcoba,

o a Leonor o a Elena de Troya.

Perfumado de lamparillas de aceite

renazco en ti cada día,

como un agosto de cohetes,

perdido en los pétalos del calor,

en la retama de un deseo

siempre colmado.

el aliento de mamá en las noches

de invierno, y el corazón de Julián

cuando saltaba, o el asma de papá,

que le daba un color azulado,

como las  luces de las fiestas de Carlos.

 

Al primer amor lo olvidamos pronto,

casi sin darnos cuenta, de improviso,

en el recodo de unas medias  negras,

en las laderas de unos senos blancos,

o en los ojos de alguien que te devora.

Es la imagen en el viejo papel

de la memoria que se borra rápido

con el borrador de unos besos cálidos

o con la palabra que nos evita

la soledad o la desesperanza.

 

Más tarde que el primer amor, se olvida

uno de sí, y anda perdido como

un fantasma, un barco a la deriva,

en busca de flecos de algún amor

del que no nos olvidaremos nunca.

 

en la hazaña del día, en la calma del  mar

que ya se ha detenido y respira a mi lado,

tenue como un guerrero que abandonó el combate!

¡Escurríos en el pie de página de mi historia,

en el ISBN del ser que te mira con asombro,

en el título oscuro con que escribo mi vida,

en todos los postres de esta noche de leones,

en la más mínima caricia de la carne ágil

que es tinta que canta la soledad del escrito!

 Dejad mis venas limpias en la corriente azul

de los ojos que  roen  mis sueños y  se ceban

en la espera oscura de este yogur caducado. 

Si por un momento mi destino se trucara

en  algarabía y pasodobles de delirio.

Si por un momento mi sexo brillara excelso

en el pálpito nocturno y fuéramos uno.

Si por un momento mi alma un mar domado fuera,

dulce hoguera que todo lo  aviva y codicia.

¡Escurríos gotas! ¡Dejad azules mis venas!

vuelan aves radiantes

su boca es amplio palomar

orillas desnudas

con el sexo abierto a la nada

despliegan sus mantos

extienden sus cascadas

arrasan las alturas del techo

buscan alas que prender

su sangre asciende

o desciende tronchada

el día con su cuerpo

transparente despliega manos

el verano libertades

desnudos el agua

Pero mi lecho volteado

por la desolación se pierde:

a mi derecha no hay nada

los labios se han ido

mi orgullo se incendia

y sobre mi fracaso

se precipitan los refranes

y los guiños.

Demasiado tarde para las palabras:

el instante se congela

 y el poema prepara su orden.