EL SUDARIO DE LAS ESTRELLAS

En los años setenta, durante mi época universitaria, escribí dos libros de relatos que todavía permanecen inéditos, Narraciones (1979-1981) y Ricias y cartuentos (1982). El primero contiene las narraciones: Dos patas para un banco, Aumo la presencia, Añil en la marcha verde, Acto Único. Diálogos de la negritud histórica, El opositor, Apariencia banal, Parodia a un solo espacio con toque de trombón (en realidad es un obra de teatro), El Topolla, Margot la gorda y El rapto. El segundo contiene cuarenta obras breves en las que podemos encontrar cartas literarias, reflexiones que se mezclan con la narración, microrrelatos…

A estos libros siguieron durante un buen número de años otros relatos que se reunieron a finales del siglo XX en EL SUDARIO DE LAS ESTRELLAS, un título muy lírico que me dio enormes satisfacciones. Entre una de las más importantes el que la revista LA FIERA LITERARIA la eligiera entre los 100 libros más importantes de narrativa española de los últimos tiempos: http://www.lafieraliteraria.com/libros.html

La Fiera recomienda

Por orden alfabético de autores. Vea también las listas de las veinte peores y las cien mejores novelas del siglo XX.

El orden en que van apareciendo en esta sección los libros no señala ninguna preferencia. Se introducen los que ya están elegidos, según el canon feroz, cuando logramos hacernos con sus cubiertas.

Este libro reúne once relatos: Mal de altura, El cielo de Godzia Nebraska, El hábito de la risa, Julius Thonsems, el conserje, El infierno son los otros, Las calles de Alfama, El ictonotopus, La guerra de los seis días, El vendedor de pizza, Voy a apagar la luz y La carta.

ALGUNAS OPINIONES SOBRE EL SUDARIO DE LAS ESTRELLAS

VILLAR RASO, Manuel (2000): “El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas” en Ficciones, otoño-invierno, p. 27.

El lenguaje de Morales Lomas es de “una fiereza endiablada”, por citar una frase del propio autor sobre uno de sus personajes. Tiene garra, fuerza de precisión y la sabiduría de Muñoz Molina en EL ROBINSÓN URBANO, hasta el punto de que su lectura es un placer y un privilegio que aumenta con Fátima, la historia de una muchacha soñadora de Xauen, un ritual de amor y de odio, con la que el autor explora el mundo de los emigrantes, de las ciudades almerienses de plástico, y la finaliza abruptamente con sangre y una brutalidad tan pavorosa que enternece. En otras historias Morales Lomas nos lleva por países europeos y el interés no decae en ningún momento. También explora el mundo del hambre, el mundo femenino en “Calles de Alfama” y otras, y lo hace con la introspección de un virtuoso del lenguaje y del conocimiento humano, con palabras que suenan en todo momento como disparos de fusil, con frases rotundas cargadas de sabiduría y de un perfume denso, de sensualidad tierna y de una fuerza insaciable.

El mundo de Morales Lomas, autor de amplias lecturas, tiene ciertamente un claro olor a podrido, bordea en cada línea el filo de una navaja; pero sin abandonar en ningún momento un rico tapiz de aromas, luces y colores que, en conjunto, provocan una lectura deslumbrante. ¡Enhorabuena! creo que nadie que coja este libro le podrá negar a su autor un deseo vehemente, casi desesperado, de reconocimiento, y no seré yo quien se lo niegue: al contrario, muy convencido de que en cuanto Francisco Morales decida atacar la novela se le abrirá una brillantísima carrera.

ALGUNAS RESEÑAS SOBRE EL SUDARIO DE LAS ESTRELLAS
REYZÁBAL, Mª Victoria: La maestría de un buen escritor (sobre El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas”), en Papel Literario de Diario de Málaga, 19 de marzo de 2000, pág. IX.
VILLAR RASO, Manuel (2000): El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas, en Ficciones, otoño-invierno, p. 27.
VÉLEZ NIETO, Francisco: Relatos de Morales Lomas, en Diario Sevilla Información, 12 enero de 2000, pág. 4.
RUIZ MATA, José F.: Entre la poesía, la novela y el cuento (sobre El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas) en Tierra de nadie, núm. 3, págs. 73-74.
GARCÍA VELASCO, Antonio: El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas (I) en Papel Literario de Diario de Málaga, 9 de julio de 2000, pág. III.
GARCÍA VELASCO, Antonio: El sudario de las estrellas de F. Morales Lomas (II) en Papel Literario de Diario de Málaga, 16 de julio de 2000, pág. III.
MORENO AYORA, Antonio: La irrupción narrativa de Morales Lomas, en Estafeta Literaria, VII época, núms. 11-12, Madrid, 2000, págs. 63-64.
PUEBLAS, Antonio: El sudario de las estrellas de Francisco Morales Lomas, en Olivo y Biznaga, núm. 19, Málaga, enero-marzo de 2000, pág. 18.
S.A.: Francisco Morales Lomas: El sudario de las estrellas, en República de las Letras, núm. 68, diciembre de 2000.
DOMENE, Pedro, M.: La cosecha narrativa, en Cuadernos del Sur de Diario de Córdoba, 13 de enero de 2000, págs. 6-7.
MORENO AYORA, Antonio: La irrupción narrativa de Morales Lomas, en Ritos de Babel. Textos críticos de literatura andaluza, Colección Ánfora Nova, Rute, 2001, págs. 58-60.

LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS (RELATO)

         Ha estallado la guerra. Ha estallado la guerra. Sentí los obuses caer sobre el tejado, las ráfagas de ametralladora atravesaban los cristales que caían formando mil destellos, Albertito se refugiaba debajo de la banca y don Jerónimo, con un pañuelo atado en un palo, ondeaba la bandera en son de paz por encima de la mesa, oculto en el huequecito que dejaba. Algunos habían salido corriendo en desbandada, no cesaban de crujir cristales y estamparse las balas contra las paredes desconchadas. Cayó al suelo la foto del dictador que presidía el frontispicio de la pared y la de José Antonio se ladeó a causa del temporal de metralla que caía una y otra vez, como si un invierno de balería hubiera hecho acto de presencia súbitamente. Había estallado la guerra en Israel, pero nosotros no estábamos allí. Nuestra hogar  era Dúrcal, un pueblecito presidido por una mole de montañas y una vega en sus faldas  por donde corrían  las aguas plácidas del río en que nos bañábamos durante los veranos.

     Cuando aquella mañana nos encontramos en dirección a la escuela Albertito, Paco el Garbancero y Troya, nunca hubiéramos imaginado que durante el día iba a golpear la guerra con su tropa de tanques y pertrechos. Estaba próximo el verano y la mañana había amanecido tersa y limpia como los labios de mamá. Calle arriba golpeaba tenue el sol en el asfalto de la carretera y yo pensaba en la partida de canicas que íbamos a tener durante el recreo. El día anterior había perdido mi bolón a manos del Garbancero y no tenía más remedio que recuperarlo por una cuestión de honor. Harto difícil, porque el Garbancero era hábil en el manejo de las articulaciones y le pegaba a una canica a diez metros de distancia. Se rumoreaba que sus dedos habían sido creados para las canicas y viceversa. En absoluto pasaban por mi cabeza las posibles preguntas de rigor que el bueno de don Jerónimo me haría, habituado como estaba a ser el blanco continuo de la pizarra y sus interpelaciones. Un cero más o menos importaba poco, pero era impensable no desquitarme del día anterior por el agravio producido ante las huestes del Garbancero. Se necesitaba una reparación en toda regla. Las dos primeras horas de clase habían sido aciagas, casi dormidos asistimos con relajo a las explicaciones de don Jerónimo, los que podíamos,  porque Troya y Albertito ocultos por las montañas de cabezas en la última fila roncaban alegremente y prolongaban las horas de modorra. La miopía de don Jerónimo era una institución en el Centro y le había costado más de un disgusto. Llegó el recreo y salimos en desbandada hacia el caldero de leche. Todos los días dos alumnos mayores echaban agua en un perol de estaño y le añadían polvos de leche americana  de los remanentes que quedaban del Plan Marshall. Aquel líquido con sabor a matarratas era el desayuno dorado de los jovencitos del tardofranquismo. Había masocas que se bebían hasta cuatro vasos como una forma de harakiri lechal. Luego jugábamos durante unos minutos en los hoyos que habíamos construido el día anterior. De nuevo el Garbancero, haciendo alarde de sus habilidades, me había causado un severo descalabro. Había perdido otros dos bolones y las canicas multicolores más hermosas que nunca poseí. Fue un momento trágico en mi vida, porque el ludibrio se había multiplicado y me veía castrado. Por no parecer gallina no vertí ni una sola lágrima, pero en mi interior corrieron como un arroyo sin freno. Joder con el Garbancero, me había destrozado para  mucho tiempo. Ya se sabe que mucho tiempo era  para nosotros ocho o nueve días.

     Pero las desgracias nunca vienen de vacío ni solas y don Jerónimo comenzó a leernos el diario Patria con estas palabras: Ha estallado la guerra. La guerra la había tenido yo momentos antes en la calle, en los huecos rebeldes, como tumbas de mis sueños,  donde entraban las canicas. Ha estallado la guerra, dijo don Jerónimo,  y nos describió al héroe de nuevo cuño del que nos mostró la fotografía en blanco y negro: un  pequeñajo que se parecía a Yul Brinner con el ojo izquierdo cercenado y oculto por un parche que le daba una vistosidad de pirata. El pirata del desierto, como le llamamos desde entonces, había dejado caer sus tanquetas por dunas y montículos creando una vandálica carnicería. Su único ojo azulado y brillante era el emblema de la muerte.  Y  la muerte había caído sobre mí  porque también las canicas eran azules como el ojo del pirata y las dunas del desierto eran las mismas que habían tenido que ascender mis bolas hasta el hoyo del oprobio.

     Don Jerónimo ordenó que escribiéramos una redacción sobre la guerra de Dyand, el loco del parche, pero yo no quise ni hablar del zorro del desierto y mi redacción versó sobre las suertes del juego de bolas y las habilidades del Garbancero que también debía de tener algo de zorro de Dúrcal. De modo que cuando, una vez terminada, me preguntó don Jerónimo, estaba ya mentalizado para una dura reprimenda. Comenzaba mi texto diciendo: A veces las injurias se pagan y éste zorro del desierto tan habilidoso para la guerra de las canicas…Don Jerónimo me tocó en el hombro y detuvo mi lectura. Todos los chicos comenzaron a reír y el  Garbancero aguzó el oído. Esperaban una filípica, dos libros gordotes en las palmas de las manos y los brazos en cruz, de rodillas mirando contra la pared desconchada. Pero don Jerónimo no actuó como se esperaba. Me miró dulcemente a los ojos y me dijo al oído, como rumiando las palabras: ¿Por qué me haces esto Pablito? Es que he perdido un ejército de bolas en las dunas de la calle, dije muy serio. Pero en el desierto se han perdido vidas humanas, añadió. Mis amigos y el resto de la clase permanecían atentos esperando el ruido de la metralla de su gruesa mano. Permanecí en silencio un momento. La espectación era cada vez mayor y todos esperaban que en cualquier momento dieran comienzo las hostilidades. Nuestras palabras se cruzaron como metralla en el desierto de la clase, mientras por las abiertas ventanas penetraban los efluvios del cercano verano. Las vidas del desierto son mis canicas, insistí tozudo, también yo he perdido hoy la guerra don Jerónimo y el Garbancero del parche es el pirata que me ha dejado mi ejército diezmado, hecho unos zorros.Yo creo que desde aquél día don Jerónimo me apreció más, ya no sería el niño de los ceros hermosos y redondos. Leí como pude el artículo del periódico entre el jolgorio de la clase porque confundía mi historia personal con la historia que nos contaba el periódico y cuando quería decir Dyand  pronunciaba Garbancero y cuando balbucía  vida en realidad farfullaba bola. Mis balas caían contra  el cielo de la clase, sobre las destartaladas bancas de madera horadadas por la carcoma, ensuciadas por la tinta derramada. Eran bolones-obuses que tronchaban todo lo que había a su paso y, al frente, con su banderín de general el Garbancero, haciendo honores militares a sus tropas. Don Jerónimo, cuando finalicé, me dio la enhorabuena por lo imaginativo de mi discurso.

     A la salida Troya comentó que había estado genial. Parecías llorar cuando hablabas de los bolones. No es que parecía,  joder es que estaba llorando, dije. Si quieres te las devuelvo, profirió el Garbancero en un acto de generosidad. Pero mi orgullo era excesivo para aceptar aquel acto  que le honraba. Me sumí en el silencio y durante todo el día estuve perdido en los libros sin concentrarme en lo que estaba leyendo ni en mis actividades escolares. La casa donde habitaba era oscura y triste. Sólo penetraba el sol tímidamente a  mediodía, impedido por la estrechez de la calle. Las casitas blancas caían unas sobre otras y en poco tiempo se hacía de noche, a pesar de que los días eran largos. Cansado de runrunear con los libros, me marché a la calle y anduve perdido por las callejuelas en busca de alguna compañía. Había días en que me encontraba con una azucena que se llamaba Rosa y nos contábamos los últimos acontecimientos vividos. Rosita era de pequeña estatura y cabezona, pero más sensible que la alborada, caminaba despacio y sonreía con voluptuosidad. Su naricita parecía un castigo porque asomaban los agujeritos de las fosas nasales y cuando tenía algún bichito, la tomaban a guasa con ella llamándola mocosa. Pero era la única niña con la que me sentía bien porque siempre olía a colonia de azucena y me oía con atención. Caminamos por los senderos enjutos que bordeaban el pueblo escuchando a las madres que lavaban la ropa en los arroyos cercanos. En un momento de la marcha, cuando preparábamos nuestras carreras de barquitos en una acequia gorda que bajaba de las montañas, Rosita, que era una azucena, se me acercó olorosa y me dijo que estaba triste porque sus padres  se llevaban muy mal y siempre gritaban. Yo conocía  a sus progenitores, no en vano había tenido que aguantar más de una vez las impertinencias de su padre, un labrador como los que describía Jacinto Benavente en Señora Ama, más bruto que un arado e insensible a todo lo que le rodeaba. La madre parecía sonámbula y siempre andaba detrás del médico para que le recetara algún fármaco. Tenía una hermanita más pequeña a la que su madre dedicaba todas las atenciones. Así que ella se refugiaba en mí y yo en ella como un náufrago se coge a una tabla de salvación.

     Su padre, siguiendo con la violencia de aquellos días, había golpeado a su madre después de llegar de vino hasta las axilas  y ella, harta, se había dirigido al cuartel de la guardia civil para denunciarlo. Rosita quería marcharse a Granada,  a casa de una tía que vivía en la calle Candiota, cerca  de la Plaza de la Universidad. Hacía años que su tía se había marchado a la ciudad y vivía con su hijito, dulce fruto de las veleidades del cuerpo juvenil. Pensaba que la recibiría  con los brazos abiertos, porque podría cuidar de su primito mientras la madre limpiaba las oficinas que tenía  contratadas. En una ocasión había estado en la casa y no tenía mal recuerdo, aunque tampoco bueno, porque era una callecita estrecha por la que no entraba el sol y la humedad se había hecho fuerte ascendiendo por las paredes en afán de conquista.  Pero tenía el encanto de que todos los vecinos eran una gran familia ya que la estrechez de la calle permitía oír todas sus diálogos y podía una opinar sobre ellos, dándole la razón a unos o a otros, sin que nadie se sintiera molesto. Incluso los detalles más íntimos se hacían presentes para todos, como cuando hacían el amor o eruptaban o soplaban aire por sus posaderas. Era como una especie de comuna agradable porque generaba mucha comunicación a pesar de ser una ciudad. Ya se sabe que la gente en las ciudades está siempre con cara de cabreo. Pero en la calle Candiota no sucedía así. La posibliliad de marchar a Granada con su tía Enriqueta la tenía  confundida, porque no sabía la forma de comunicárselo a su madre. Seguro que no lo vería mal, porque de ese modo evitaba tener que estar pendiente de otra persona y bastante tenía con la pequeña. Pero en otras ocasiones se decía a sí misma que era cruel al pensar así porque  para ninguna madre una hija es una carga. Se le planteaban problemas de conciencia porque abandonar el barco en aquellos momentos era un acto de amilanamiento y cobardía.

    Durante un momento me miró a los ojos y me dijo: no me he dado cuenta que tienes unos ojos verdes muy bonitos. Son verdes como las aceitunas y a veces es como si el aceite resbalara por ellos. Cuando me dijo aquellas palabras así, de pronto, como si nada, un ligero cosquilleo recorrió mi cuerpo. Nadie se había fijado nunca en mis ojos, ni siquiera mi madre que andaba perdida detrás de los cinco vástagos que tenía. En ese momento voló de mi mente la guerra de los seis días y la batalla de las canicas con el Garbancero produciendo estragos. Miré por un momento a los ojos de Rosita y una pequeña lágrima le recorrió la mejilla como un riachuelo de áloe. El mundo volvía a tener de nuevo sentido. Había bastado que alguien te hubiera mirado momentáneamente con ternura, un solo instante, para que la vida encauzara su senda, un camino dulce del que nadie quería separarse. Rosita había mirado mis ojos y yo había mirado los suyos intensamente. Acaricié su mano y permanecimos en silencio unos instantes mientras el agua cercana del arroyuelo escribía sobre la vega una cánora cantinela. Por los senderos olvidados llegaban las canciones de las madres que lavaban sus ropas en los arroyos: eran canciones melancólicas que hablaban de desamor y encendidas pasiones que se habían reducido a ceniza como la madera de la chimenea. El sol se iba perdiendo sobre el horizonte como agonizando y al caer desprendía destellos rojizos y violetas. Sentí la sangre de Rosita y los latidos de su cuerpo contra mi soledad.

   Ahora tenía que convencer a Rosita que no se podía marchar, que debía quedarse en Dúrcal. Pero Rosita me soltó la mano y mirando a unas hormiguitas que regresaban a su agujero dijo: mi camino es como el de esas hormiguitas, siempre hacia el mismo sitio; no puedo apartarme de él aunque me pongan obstáculos. No entendía aquellas palabras oscuras de una niña que aprendía a ser mayor.  Había descubierto en mi corazón una mecha y el pequeño incendio tenía un nombre: Rosita. No la podía dejar ahora marchar.

     Nos despedimos tiernos y cabizbajos como si la noche nos hubiera asustado por los callejones.   En la Plaza nos dijimos hasta mañana  y tomé en dirección a  la Calle del Agua. Hacía calor y aún había muchos niños jugando  a la pelota, a las canicas o a churro, pico, terna. Pero yo no tenía ánimo para nada, sólo para cenar cualquier cosa y embutirme en las sábanas. No comprendía a las mujeres. No entendía que el amor  que estaba naciendo en mí  y que yo creía que había nacido en ella podía ser menos importante que el abandonar el pueblo. Pero, claro, todo eran suposiciones mías, las de un enfermo de los sentidos. Ignoraba los mecanismos que actúan en la mente femenina, pero siempre había pensado que el amor era lo más importante.

   Cabizbajo llegué a mi casa, cené. Mi padre aún no había llegado: sus partidas duraban hasta tarde y mamá debía ocuparse de la cena de los cuatro pequeños. Le di un beso y me acosté. Durante mucho tiempo anduve dando vueltas de un lado a otro del catre, mientras mi hermano Gabriel se agitaba cada vez que lo golpeaba hasta enfadarse conmigo. No me podía dormir, así que me levanté y caminé por el comedor como un sonámbulo. En la cocina había una pequeña luz: era mi padre que ultimaba la sopa. Tenía un diálogo ebrio con los trocitos de pollo que bailaban como si estuviera discutiendo con ellos y no se percató de mi presencia. Me senté en un sillón que daba al balcón y desde allí podía contemplar la mustia calle solitaria y los reflejos de la luna encendiendo las fachadas encaladas. No sé cuánto tiempo estuve allí  observando fijamente sus destellos hasta que me quedé dormido. El frío de la madrugada me despertó de nuevo y fue entonces cuando volví a la cama. Durante toda la noche anduve perdido en múltiples historias de guerras y persecuciones. Un soldado israelí había capturado a una egipcia en el desierto y se había enamorado de ella, pero era consciente de que estaba en guerra con sus compatriotas y su amor era imposible. Dudó si abandonarla a su suerte o quedarse con ella,  desertando del ejército. Las dudas le producían pasmosos sudores. De pronto apareció alguien que le ofreció una voluminosa bola, una canica gigantesca en donde   se veía el bien y el mal, el pasado y el futuro, toda la historia de la humanidad. En un resquicio de la bola estaban ellos, una mujer que se llamaba Azucena y un hombre de tez muy curtida por el sol del desierto. La bola decía que la desgracia se apoderaría de ellos y la soledad los haría víctimas durante toda su vida. Desde una duna cercana alguien con un parche en el ojo vigilaba a la pareja. El soldado desertó y se marchó con la joven, refugiándose en un oasis cercano. En esos momentos sonó el despertador.

     Durante varios días no volví a ver a Rosa. Con Troya nos marchábamos a un campo que había al final del Darrón y estábamos toda la tarde jugando a fútbol con otros colegas que siempre se encontraban allí porque nunca estudiaban. Troya era un chico sensible y miope. Siempre quería jugar de portero, pero su enfermedad le impedía ver la pelota a dos metros, de modo que lo colocábamos de lateral derecho con idea de quitarlo del medio. Después de Rosita, jugar al fútbol era lo que más me gustaba porque me ayudaba a perder de vista la escuela y al bueno de don Jerónimo y su guerra de los seis días. Últimamente  él estaba demasiado perdido en guerras perdidas y más parecía comentarista fracasado que verdadero maestro. Era un hombre frustrado que había tenido que dejar el ejército porque le faltaba un testículo, por eso siempre que se presentaba una guerra la comentaba hasta la saciedad y nos transmitía todos sus desengaños a nosotros que nos importaba la guerra un comino.

    Llegó el verano y las vacaciones. Por las mañanas bajábamos la Cuesta del Molino en dirección a las frías aguas del riachuelo. La vegetación cubría su curso y sólo en pequeños lugares tocaba el sol débilmente. Por encima de nuestra cabeza había una construcción colosal de hierros y tornillos que los nazis alemanes habían regalado a nuestro dictador don Francisco Franco Bahamonde, caudillo de las Españas. Por allí transitaban los raíles del tranvía que iba y venía a Dúrcal parsimoniosamente como tragándose en pequeños sorbos el imponente paisaje de Sierra Nevada. Los domingos llegaba gente de todos los pueblos de alrededor que construían pozas para bañarse. A nosotros no nos gustaban los domingos porque nos coartaban la libertad y debíamos buscar río abajo un lugar apartado para poder jugar plácidamente sin ser molestados. A veces nuestra diversión era el pilla pilla o el escondite. Casi siempre perdía el miope de Troya hasta que hartos de que nos buscara nos dejábamos coger alguno. En otras ocasiones ascendíamos río arriba hasta el nacimiento. Años más tarde descubriría que Fray Luis de León desde la finca de la Flecha podía sentir lo mismo que yo en aquellos momentos,  perdido con mis amigos en el frescor de las sombras de chopos y sauces llorones. Saciábamos el apetito en las frescas higueras y en los huertos de melocotones que bordeaban el río. Más de una vez tuvimos que salir huyendo ante los ataques repentinos de los perros de los guardas. Aunque siempre éramos los mismos: Troya, el Garbancero, Albertito y yo, a veces venían también Rosa y Eulalia. Entonces yo los dejaba a ellos jugando y me quedaba charlando con  las chicas. Su conversación me parecía más entretenida y había algo que me llamaba mucho la atención: la dificultad para conocer el extraño mundo de la mujer. Siempre me pareció un insólito misterio. Eran tan distintas a nosotros que sustituía nuestras guerras y disputas continuas por su sensibilidad y capacidad para observar la realidad. Su mundo era mágico, frente al nuestro que era realista. Al menos a mí así me lo parecía, aunque el Garbancero decía que aquello era una chorrada, que las mujeres eran menos idealistas que los hombres. Yo me enfadaba bastante con él y llegábamos casi a las manos, pero en seguida se nos olvidaba el entuerto.  Sin ninguna duda,  para mí las mujeres habían construido la literatura mágica,  mientras los hombres habían creado el realismo. Así lo creía fervientemente y aún lo sigo creyendo ahora.

     Aquel verano sólo vi a Rosa en dos ocasiones, yo había olvidado ya la guerra de los seis días y mi infortunada aventura de las bolas. Había perdonado al Garbancero y su osadía, porque el verdadero centro de mis tribulaciones  era la posibilidad de perder a Rosa y su olor a azucena. La sentí extraviada en lo alto de las ramas  de los álamos que bamboleaba  el viento,  acariciando el lomo de  las hojas verdes o aspirando el olor de las margaritas silvestres que acampaban por doquier.  Parecía meditabunda y desdichada.  Algo maquinaba su cabecita atolondrada. Quizá marcharse a la calle Candiota de Granada,  Aquella calle con nombre de barril de vino para emborrachar sus sueños,  con una enorme espita por donde se perderían todas sus ilusiones. Granada no te dará nada, le dije. Pero Rosa no me oía, tiraba piedras al río y formaba círculos concéntricos, los círculos en los que se hallaba prisionera. En uno de aquellos pequeños estaba yo haciendo el primo, embebido por sus labios silvestres, embrollado en sus brazos, prisionero de sus olores y una mirada lánguida que hacía suspirar hasta a los juncos del río. Eulalia me propuso pasear por el sendero que corría paralelo al ríachuelo.  Acepté porque tampoco quería ser la sombra de Rosa y ella necesitaba meditar,  concentrarse en los círculos del agua o en los destellos del sol. 

   Eulalia era un poco mayor que nosotros, estaba en dos cursos superiores y había tenido alguna que otra experiencia amorosa con un chico que se marchó a  Badalona, aquel pueblo de la costa al que le había dedicado Serrat una canción que bailábamos en los guateques. Eulalia tenía los labios finos y la sonrisa irónica. Cuando hablaba, ofrecía la sensación de que se estaba mofando de ti y ello la hacía antipática, pero su carácter no era tal y aquella extraña sensación que se tenía en su presencia era como la cáscara de su carácter, había que llegar a la pulpa. Estuvimos caminando una hora entre la maleza por un caminito estrecho por el que debíamos andar en fila india. Pero era desagradable marchar mirando hacia atrás como aquel héroe griego, así que solíamos caminar juntos y sin querer nuestros brazos se rozaban en el runrún de la marcha. Me dijo que Rosa era una chica con muchos problemas en casa, cosa que ya sabía, pero que también ella se los creaba artificialmente. A veces se encerraba en sí misma y era como si cerrara su baúl con una llave, se mostraba huidiza. Había que dejarla sola, desmadejando los pensamientos como Penélope desmadejaba sus anhelos. Tenía Eulalia algo de poetisa. Hasta ese momento no me había percatado, tampoco había aprecidado su cinturita pequeña ni los bultos de sus senos. Su cuerpo era una fruta madura que estaba a punto de saltar en brazos de alguien. Al menos así me lo parecía a mí. Debía ser el verano y los efluvios de la naturaleza. Lejos se oían las voces de Troya, el Garbancero y Albertito que debían estar escondidos en las zarzas o entre los árboles frutales. Al poco sus voces se disiparon. Al cruzar un pequeño arroyuelo que se separaba del río, Eulalia se desplomó de pronto y tuve que cogerla raudo para evitar que cayera entre las ramas secas que había por doquier. Mi cuerpo golpeó el suyo y su carne  me rozó. Sonrió y me dijo qué mala pata, siempre tengo que meter la pierna donde no debo. Le pasa a cualquiera, le dije. Permanecimos en silencio, yo intentando darle un masaje en el tobillo y ella mirando mi coronilla. De pronto sentí las yemas de sus dedos acariciando mi espalda. Nos rozamos mutuamente y en absoluto mutismo durante unos minutos. El viento suave y cálido zozobraba entre la alameda y el olor de las colmenas cercanas embriagaba el ambiente. Me levantó la cabeza y me dio un beso largo y profundo. Luego regresamos, pero ya todo sería distinto. La  incertidumbre se había apoderado de mí; ella, ajena,  me cogía con fuerza de la mano y la apretaba contra su pecho. Sus ojos brillaban con un extraña luminiscencia, pero por mi interior corría una extravagante sensación. Se estaba produciendo una batalla feroz, la guerra de los seís días, en un desierto tórrido me veía envuelto en dos frentes: la mano cálida de Eulalia y los sabores azucena de Rosa. Dos frentes que me estaban desbaratando. Hasta ahora no me había dado cuenta que Eulalia existía. Un beso había servido para despertarme a la realidad o la magia de un momento. Su mano suave no había temblado hasta entonces junto a mí y ya me sentía como parte de ella. Pero, ¿y Rosa? ¿Era Rosa la verdadera razón, la causa de tantas batallas interiores? Hasta ese momento así había sido, pero ¿y después? Sólo el tiempo lo diría. Al fin y al cabo sólo había sido un beso, una caricia que necesitábamos  mutuamente en la soledad. Me sentía insólito de la mano de aquella mujer de mechones azafranados y labios tenues. Sus dedos eran largos y suaves como las tardes primaverales, pero la duda de no pertenecer a nadie o ser parte de dos jóvenes a la vez me confundía.

Rosa se había marchado. Pronto llegaron Troya, el Garbancero y Albertito. Iniciamos la subida por la Cuesta del Molino y llegamos a la Plaza donde nos despedimos hasta las diez, hora a la habíamos  quedado citados  para ir al cine. Pero Rosa no llegó y tampoco Eulalia. Mi corazón  permaneció esa noche algo vagabundo y confuso sin saber a qué achacar tan insólitas  ausencias.

    Una tarde que la casa se hacía insoportable e iba caminando cabizbajo por la calle entre las pocas sombras que dejaba el sol, encontré a Rosa sentada en las escalerillas de la cruz que había al final del Darrón. Parecía atribulada, sus ojos rojos revelaban que había estado llorando y llevaba varias horas debajo de aquella cruz de piedra, símbolo de tantas desgracias. Pero, al llegar me recibió con los brazos abiertos como si un hambriento hubiera hallado un trozo de pan entre las basuras. Me relató que estaba harta, que sus padres de nuevo habían discutido y en un acto de cobardía el cabeza de familia había golpeado en el rostro a la madre. Del día siguiente no pasaba el marcharse a Granada con su tía. Traté de persuadirla, pero parecía  resuelta a dar el paso en el que tanto tiempo había meditado. Como ya todo estaba perdido y me percataba de que la partida de Rosa estaba cercana y nunca más la volvería a ver, le dije en un último intento que la quería, pero no sé si llegó a oírme porque había enfilado la Calle del Agua para perderse durante muchos años en su fluir.

      Al cabo de los años, una tarde de domingo en que la ciudad invita a ser pateada y las calles en perpetuo silencio sienten necesidad de ser abrigadas por nuestra mirada, vi alguien que mi  cansina memoria decía que podía ser ella. Estábamos en la calle Sta. Paula, cerca del mercado de abastos. Una mujer desaliñada y cercana a mi edad, aunque más avejentada, me precedía. Portaba un vestido sucio y raído. Me acerqué unos metros con ademán de intentar averiguar si era ella. No lo conseguí, pero me llamó la atención el mal olor que despedía. No daba muestras de inquietud ninguna al percibir que la seguía. Es más, parecía como que caminaba ajena o sorda a lo que había a su alrededor. Continuó calle abajo hasta llegar a la altura de Viajes Tive. Enfrente había un convento en donde atendían a los ancianos y marginados. Le daban dos comidas al día. Su estado lamentable me  hizo pensar por un momento que había llevado una mala vida y ahora no tenía donde caerse muerta y por ese motivo se encamminaría al hogar de abandonados. Pero me estaba adelantando a los acontecimientos y estaba construyendo una historia que podía ser una fantasía. Me decidí a acercarme y desbaratar mi cacao mental. Le toqué en el hombro y giró sobre sí. Era ella, sin duda. Más avejentada, pero era ella. Le pregunté por su nombre. Rosa, me dijo.  No me reconoció o no quiso reconocerme. Insistí en que me respondiera si me reconocía. Dijo que no. Le hablé de Dúrcal, de la guerra de los seis días, de los bolones, de su amiga Eulalia. No recordaba nada y se despidió de mí. Me quedé atolondrado, sin saber qué hacer. Un encuentro que tanto había ansiado no podía quedar en un simple adiós. Volvi a seguirla y de nuevo la llamé por su nombre, pero no respondía. Me acerqué  corriendo y le toqué  de nuevo en el hombro, pero al girar  ella me di cuenta que ya no estaba, que tenía ante mí un esqueleto de huesos que se derrumbó en la calzada inmediatamente. Aquel suceso me produjo un hondo espanto y salí huyendo del lugar. Durante muchos días, el suceso me tuvo cariacontecido. Roto completamente. Encerrado en el cuarto que daba a la Placeta de los Lobos, sin querer salir a la puerta de la calle. Creí que todo podía haber sido un sueño, una desagradable pesadilla.  Finalmente me decidí a salir e investigar qué había sido de Rosa, qué vida había llevado, dónde vivía. No podía ser que aquel saco de huesos fuera ella. ¿Había visto realmente el saco de huesos o todo había sido producto de mi  reciente enfermedad?

    De nuevo los periódicos de aquellos días referían la guerra que el desierto dirimían fuerzas israelíes y egipcias. Me trajeron a mi memoria los bolones, al bueno de don Jerónimo, al Garbancero, a Albertito…Eulalia se había marchado a Suiza y se casó allí con un alemán del que no estaba enamorado y  al que ni si quiera  entendía, pero  poseía bienes. Luego se dio cuenta que el dinero no era la felicidad y se divorció del alemán. Ahora andaba perdida por Barcelona. La última vez decían que había puesto una tienda de helados y chucherías en  un  barrio de  Sta. Coloma de Gramanet. ¿Y Rosa? Le perdí la pista desde que decidió marcharse a Granada. Había desaparecido de mi historia personal como por arte de magia. Durante un tiempo estuve saliendo con Eulalia, incluso llegué a quererla un poquito, pero el romance no tardó mucho en disiparse al cabo de otro verano.

    Indagué  dónde estaba Rosa y pude  averiguar que tras su llegada a Granada sirvió a su prima durante varios años. Más tarde se casó con un mecánico de automóviles en un momento que hubo una explosión de talleres y ventas de coches. Vivió desahogada, pero no veía al marido durante todo el día, de modo que para matar la soledad se aficionó a las máquinas tragaperras y al aguardiente. Más tarde fue asidua de un bingo hasta que el marido se percató de que las cuentas de fin de mes no salían y descubrió el entuerto. Se separó de ella y le dejó una pensión ínfima con la que iba tirando en el bingo, hasta que las deudas llegaron a ser tan grandes que en ninguno la dejaban entrar. Una mañana de invierno la policía se la encontró muerta en un portal de la calle Candiota, la primera calle donde residió desde su llegada a Granada.

   Durante mucho tiempo aquella historia me pareció poco creíble y aún día sigo buscando la verdad de Rosa, el recuerdo de nuestra guerra de los seis días.